Premiación XXOQDF

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David Yafté Díaz-Sánchez, Premiación XX OQDF
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viernes, 22 de octubre de 2010

Salsa bernesa en las tortas de tamal

Pues aquí, debrallando antes de presentar mi exámen de segunda fase de la olimpiada de química del D.F., amada ciudad chilangolandesa, donde las tortas de tamal son las reinas de las esquinas en las mañanas (pues en las noches, se encuentran otro tipo de “reinas” en las esquinas :P), hermoso lugar donde se puede oír con claridad los pitidos y mentadas de madre de los conductores y el bullicio de los transeúntes. Sin duda un paraíso del secuestro y de drogas. Pero, con todo esto, los capitalinos que vivimos aquí somos felices (aunque no es nada oficial), dice el estimado Darwin que es por adaptación; yo digo que es por mero gusto.
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Pero dejándonos de cosas introductorias, he de decirles que mientras estaba desayunando una guajolota de rajas, encontré en la red el artículo del que les hablo, pero pues, por alguna razón extraña no lo descargué ni saqué su ficha. El paper era acerca de la fisicoquímica de la salsa bernesa, lo cual se me hizo interesante. Digo, yo no conozco la salsa bernesa, o no que yo sepa, pero pues, de cualquier manera me dieron ganas de hablar de ella.
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Y es que dicen que no hay mayor desastre en la cocina que el de observar que un producto batido se ha “cortado”. Esto ocurre con particular frecuencia en la elaboración de la complicada salsa bernesa, más inquieta e inestable que las mayonesas: una tibia emulsión de vinagre, vino, yemas de huevo (pues con las claras, cualquiera lo sabe, se hacen las deliciosas y esponjosas mousses) y mantequilla. Tan quisquillosos elementos con frecuencia se transforman en una masa repugnante y granulenta (ejemplo de cambio entrópico, ΔS), aun cuando se crea haber seguido todo el procedimiento de manera perfecta.
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La salsa misma es una suspensión coloidal de partículas sólidas. Aunque también puede hablarse de emulsión para tratar de la salsa bernesa, ya que se trata de una dispersión de líquidos inmezclables en donde uno forma gotitas dentro del otro. Eso dice Choppin. Ahora bien, la estabilidad de la salsa depende de la correcta interrelación de las fuerzas que mantienen a las gotitas en suspensión. ¿Cuándo ocurre el desastre? En el artículo de la revista Nature (y por ello debe de ser, si no cierto, por lo menos razonable)*, Perram, Nicolau y Perram afirman que la estabilidad de la salsa se produce por dos interrelaciones eléctricas de las partículas coloidales: la de Coulomb y la de van der Waals. Por la primera las partículas se rechazan; por la segunda se atraen.
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El asunto se complica (:S), ya que es necesario estudiar las moléculas como dipolos y los campos eléctricos que surgen entre ellas. Dicen los autores de dicho artículo que las fuerzas de van der Waals entre las partículas de la sauce béarnaise son relativamente débiles, así que no entran en juego a menos que las mencionadas partículas estén muy cercanas… lo cual ocurre precisamente al calentar paulatinamente la salsa durante su elaboración. El aumento de temperatura pone a las partículas coloidales en movimiento browniano y los choques son más frecuentes.
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Hay que revisar después el asunto de los iones y el de las cargas negativas en la superficie de las partículas. Pero, en resumidas cuentas, para salvar una salsa bernesa que se ha cortado no es necesario construir un ciclotrón ni estudiar fisicoquímica avanzada (ya veo a Rocío con su Chang de fisicoquímica 8P) basta con decrementar la concentración de iones o provocar que algunas moléculas ácidas sean adsorbidas (con d de David), es decir fijadas encima de las partículas, para lo cual basta con agregar agua o vinagre y batir enérgicamente. También se pueden añadir más yemas. Cada remedio tiene sus inconvenientes (principio de Le Chatelier ó tercera ley de Newton, por cierto, ¿la tercera ley de Newton será como el principio de Le Chatelier de los colegas físicos?). Mucho vinagre la vuelve incomible, mucha agua la hace, por supuesto, aguada y mucha yema provocará pesadez.
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Espero les haya gustado la entrada de hoy y de paso les haya abierto el apetito. ¡Provecho!
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*no porque lo diga una revista se debe tomar como cierto, esto sería el equivalente a un dogma y por tanto a una religión (dato de libro (ejem. Biblia, Corán)-->"verdad absoluta”; dato de revista (ejem. Nature, Science)-->¿verdad absoluta? R=No).

domingo, 19 de septiembre de 2010

Entre frutas y legumbres te veas

Salí de la escuela, como casi siempre, tuve que pelearme con el policia ya que no llevaba mi credencial. Error mio, sin duda, la perdí en la Facultad de Química, ó en el Cinvestav, ó quizá en la estación del metro Hidalgo, y es que maldito trasborde, con esos ventiladores que rocian agua que sacan de no quiero saber donde. Me disponía a comer un chicharrón con cueritos como es mi costumbre al salir de la escuela, pero, para mi sorpresa y como curiosa novedad, la col que le estaban agregando no era la clásica col descolorida de olor clorado, ¡no! Era una col morada, aquellas que en mi vida solo había utilizado con un propósito: como indicador acido-base en química. Pensé que solo era un error y que el estrés provocado por una jornada de doce horas ininterrumpidas de trabajo se hacía manifiesto en esta ocasión, pero al tomar entre mis dedos un trozo de esta col, pude constatar que efectivamente era morada, ya que al estrujarla, pintó mis dedos con su singular tonalidad violeta.
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Vino a mí una ola de pensamientos alusivos a la col. Recordé la palabra antocianina, nombre que se le da a la sustancia que produce ese color, derivada de las palabras griegas αντος: plantas, κιανος: azules. Se presentó ante mi memoria aquel experimento donde el color de una solución de antocianinas cambia en función del pH y por supuesto, la tan exquisita fórmula molecular fue materializada en mi cabeza, la cual se esfumó cuando el sujeto que preparaba los chicharrones me dijo “joven, ai’sta su chicharrón, lléveselo pa’que no se le aguade”.

Dentro de mí se acrecentaba una danza colorida de moléculas con dobles enlaces conjugados, era imparable, frenética. Cada salto me hacía pasar del HOMO al LUMO bailarinamente. Me resultaba excitante esa obsesión por el derroche energético y me incitaba a formar parte del aquelarre entre cationes y aniones…

Y en el mero gozo wapachoso (Ere te extraño) andaba yo cuando me di cuenta de que estaba tomando las cosas un poco “unilateralmente”. Según la teoría del color, el amarillo es complementario al morado y el amarillo se encuentra precisamente en una serie de moléculas llamadas carotenos; el β-caroteno es la especie más conocida de esta familia y es un terpeno con dobles enlaces conjugados que le da color, entre a muchas otras cosas, a los camarones, al pollo, a los flamingos, a la piel, a las naranjas y a las zanahorias. Y es a este último alimento al que concienzudamente le dedicaré mi segundo pedazo de relato. No sé si notaron el color extraño del fondo del blog, medio anaranjado, medio chillón, chingavistas y mirameahuevo. Pues la razón para no cambiarlo fue que medio le encontré forma de zanahoria rayada; tengo presente que se trata de uno más de mis debralles pero, ¡a la goma!, es mi blog y yo escribo lo que quiero. Así que bien, los carotenos, también llamados provitamina A, son la razón de que las mamás digan que las zanahorias son buenas para la vista, pues la vitamina A participa en el proceso de la visión (todo cis-retinal a todo trans-retinal, y el no tan complejo mecanismo del cual no quiero hablar). También son el colorante natural de un montón de sustancias artificiales o naturales. Y por supuesto, le imparten algo de su color a las naranjas, último tópico de esta historia.

Vamos a ver como anda su memoria con eso de las palabras raras. Recordará que la ósmosis es el proceso mediante el cual las concentraciones de dos muestras separadas por una membrana semipermeable tienden a igualarse. Si usted pensó que la ósmosis consistía en colocar un libro bajo la almohada para que el conocimiento del libro se difundiera en su cabeza, se encuentra entonces en un grave error. Lo más probable en este caso es que usted no aprenda nada y que el libro se llene de saliva, lo que se podría entender como una “ósmosis inversa”. :P
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A lo que voy con esto de la ósmosis es a que ¡ah como los químicos se esfuerzan en encontrarles ejemplos poco familiares y enfermizos! Por ejemplo, el Chang (discúlpenme todos aquellos que tienen en su facebook, me gusta R. Chang, yo también aprendí mucho con él) pone el cotidiano ejemplo de que cuando los eritrocitos se encuentran con soluciones hipertónicas o hipotónicas ocurren fenómenos denominados plasmólisis o turgencia, respectivamente, los cuales matan a la célula. Es por eso que el agua de mar hace daño, no es porque contiene desechos tóxicos ni mucho menos desechos biológicos. Con esto en mente, a la pregunta que me hacían mis compañeros acerca de qué le preguntaría a Chang si lo tuviera enfrente, yo contestaría fehacientemente “muy estimado Dr. R. Chang, ¿porqué uso el ejemplo de la plasmólisis y no el de las naranjas?” y es que cualquier naranjero que sepa del negocio, sabe que si las naranjas se dejan reposar en una tina con agua, al otro día dan más jugo que si no hubieran pasado por este tratamiento. Esto efectivamente como usted intuyó, se debe a un proceso de ósmosis entre el jugo dentro de la naranja, la cascara (membrana semipermeable) y al agua afuera de ella.

Espero no haber herido a nadie con esta crítica hacia los ejemplos estúpidos, digo, todos los libros los traen (excepto el Cotton-Wilkinson), en todo caso pido una disculpa, así mismo pido una disculpa al honorable Dr. Chang. Espero que mi fabula donde David Y. (de Yo) habla, baila y deja moraleja les haya gustado.